Dan vergüenza





lunes, 3 de abril de 2017

#1A: la épica de los SUBE en mano

La otra.-radio para escuchar clickeando acá


En la tarde del sábado y durante el domingo leí y hablé con amigos y compañeros ofuscados con la marcha del #1A. Al principio, cuando llegaban fotos de concurrencias escuálidas, algunos se apresuraron a tuitear y postear con un regocijo prematuro por el "fracaso" de la convocatoria oficialista. Con el correr de los minutos, las columnas se fueron engrosando, gracias a un hábil manejo de las redes sociales y los medios convocantes. Entonces, los que antes se burlaban por el fracaso, empezaron a alarmarse por las perspectivas de cámara de TN que recortaban una parte de la plaza para dar la sensación de "multitud", a enojarse por las consignas y burlarse de la composición social de la marcha. El cambio de humor, de la burla a la indignación y el pesimismo, fue  brusco y en ambos extremos injustificado. No hay que festejar un triunfo antes de que se juegue el partido y tampoco confundir un gol del adversario con una derrota propia. Si en marzo tuvimos 6 marchas propias con un promedio de 250 mil asistentes cada una, una marcha de ellos con 30 mil asistentes pondría, con benevolencia, 6 a 1 el partido, y el del sábado sería el gol del honor de los que se comieron una goleada. Por supuesto, el macrismo intentará reescribir el episodio como un sorpresivo y generalizado cambio de humor social (si la realidad se redujera a la escena televisada). Sin ánimo futbolero y sin comprarse el paquete que el oficialismo quiere vender, la marcha puede decirnos todavía varias cosas.

En primer lugar, los motivos de la movilización: el macrismo necesitaba empezar abril con una tapa de domingo positiva después de las amarguras de marzo. Operaron en las redes, su especialidad, mientras los funcionarios y los medios mostraban cautela para ponerse a salvo de un posible fracaso de la convocatoria. A mí me parecía que si se decidían a usar toda su artillería, iban a lograr que fuera mucha gente. Hace un año y medio ganaron las elecciones y, con el desgaste que implica un gobierno tan nocivo como el que están ejerciendo, de resultados tan magros para sus propias expectativas, conservan el apoyo de un poco menos de la mitad de la población, entre los cuales se cuenta el núcleo duro furiosamente antikirchnerista y antiperonista que se puso nervioso con las 6 movilizaciones opositoras. Ese núcleo duro no está formado solo por los beneficiarios del modelo económico, porque los auténticos beneficiarios son muy pocos, no llegan al 10% de la población. Es decir: entre quienes adhieren furiosamente al macrismo, una parte no menor son damnificados por sus políticas. Yo no frecuento Expoagro ni conozco personalmente a ningún representante del poder financiero internacional, pero me topo cada día con tipos exasperados, de clase media como yo, convencidos de que la culpa por sus actuales penurias la tiene la Yegua y los negros choriplaneros. Es decir, el macrismo tiene una base social contradictoria e intensa que en condiciones favorables podría a movilizar 500 mil personas de una extracción más heterogénea que la que se vio el sábado. Si la convocatoria hubiera superado ese número, se habría podido hablar de un giro político que cambiaría el clima social negativo de marzo. No fue el caso.

De todos modos, las tapas triunfalistas las hicieron y sobre ellas sale Vidal a interpretar que la movilización "espontánea" es un llamado de atención a los opositores, lo que le dará pie a endurecer su posición en el conflicto con los docentes. 30 mil sexagenarios porteños movidos por el remachar de la tele contra los vagos choriplaneros no parecen un respaldo político inapelable. Es poco para eso, pero es lo que hay. La necesidad de construir una épica a partir de tan poca cosa delata una debilidad intrínseca del oficialismo. Su próximo paso es superar rápido el mal trago del paro general del jueves para volver a negociar con el TriunviGato una tregua hasta las elecciones. ¿Pero es posible recrear 2016 en 2017?


Además, hay que tener en cuenta que los más dañados por el rumbo económico, los que cayeron este año en la temible zona de la indigencia, resuelven su día a día en una zona y a través de dispositivos que responden a otra dirección política, últimamente comandada desde el Vaticano, no preocupada por las elecciones de octubre, inclinada quizás a otorgarle años de gobernabilidad al régimen, un asistencialismo católico cuyos tiempos se miden en milenios, que tiene la voluntad de poder regular el conflicto de clases y mantener disponibles a sus pobrecitos. Esa batalla no se libra en estas marchas, mucho menos en las redes sociales, sino en las villas, en los barrios más hundidos del conurbano, en sus noches más oscuras, en el gran Buenos Aires y el gran Rosario. Ahí, en los merenderos suburbanos, las patotas del narcoduhalismo residual cinchan por cada palmo del territorio con/contra los dirigentes socialcatólicos. Dirigentes duros e inteligentes como Juan Grabois hacen equilibrio todos los días entre ser los voceros ante los poderosos de los que tienen la panza vacía o ser los agentes pacificadores del sistema ante los hambreados. Es una tarea difícil. Pero la iglesia tiene un know how con siglos de eficacia. Probablemente el catolicismo sobreviva a twitter.

La marcha del sábado a la tarde no se mete en ese balurdo. Se trata de dar visibilidad al núcleo duro del macrismo y maquillarlo de ciudadanía, como diría Mirtha, quien, simétricamente con Grabois, hace equilibrio entre ser "la voz de la gente común" que interpela a su amigo presidente o ser quien puede rubricar la concentración diciendo que la hizo llorar de alegría. La ciudadanía fue movilizada, no con micros y choris, sino con pantallas de celulares y televisión, como corresponde a estos sectores. Son los que aborrecen a los negros de los merenderos, los pobrecitos de Francisco que cortan las calles en horario de bancos. Los movilizados SUBE en mano, para impostar una autonomía de la que carecen por razones más viscosas, desesperan por llegar con vida a un gobierno antiperonista que termine su mandato ordenadamente. Su utopía ruega: "no vuelven más". Alguien pregunta en twitter si es una consigna freudiana o lacaniana.


El 1A no hubo pocos movilizados, tampoco muchos. Alcanzaron para hacer una foto en la tapa del Clarín del domingo con tinte jubiloso. No alcanzaron para que un drone se moviera a lo largo de varias cuadras, desde la Plaza y por la Avenida de Mayo y Diagonal Norte. Está bien: es un sector político que necesita movilizarse con su estilo, reivindicando su identidad y repeliendo a su Otro, el que les quita el sosiego. No empata a las seis enormes movilizaciones de marzo ni a una sola de ellas, pero ¿por qué enojarse si quieren salir a la calle a bancar a su proyecto?

Los que marcharon el sábado quieren a Cristina presa y al kirchnerismo exterminado. Para ellos, el kirchnerismo también está integrado por los docentes que luchan por su salario, los desocupados, los pibes del merendero, los bolitas que trabajan en talleres clandestinos, los vendedores de pañuelos en los andenes del subte, los resistentes de AGR, los hijos de Bonafini que pasean por Europa, incluso es kirchnerista el TriunviGato, que no tuvo más remedio que convocar al paro del jueves que viene. 


Lo peor que podemos hacer es espejarnos en su simétrico opuesto: burlarnos de su forma de hablar, de la manera en que son movilizados, atribuirles un perfil de ganadores que no tienen. No es a ellos, a los que se movieron el sábado, a quienes macri transfirió miles de millones de dólares en sus primeras disposiciones de gobierno. Muchos de los 30 mil del sábado a la tarde no están bien pero esperan el derrame, son ruidosos pero no alcanzan para ganar elecciones. Pero, ojo, nuestras seis marchas de más de un millón tampoco alcanzan.

Que se movilicen ordenados con consignas retrógradas no da para rajarse a Saturno, como desesperaba un amigo, tampoco ayuda alimentar nuestro narcisismo porque "somos mejores y tenemos razón".

Lo que hace falta es acercarnos a los que no se mueven ni por la marcha del sábado ni por las nuestras. Acercarnos no quiere decir catequizarlos ni esclarecerlos ni afiliarlos. Quiere decir escucharlos para ver qué podemos aprender.

En el programa de anoche también hablamos de cine, de la película El otro hermano (Israel Adrián Caetano) y de la programación del BAFICI. Y escuchamos los nuevos discos de Bob Dylan, Depeche Mode, Paul Simon y Magnetic Fields. Si quieren escuchar el programa, tienen que descargarlo clickeando acá.