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jueves, 9 de febrero de 2017

Asesinos civilizados: el horror y la intimidad

Los cines posibles VI: Z 32 (Avi Mograbi) / Este sábado a las 19:30 en Alvarez Thomas 1093


por oac

Z 32 (Avi Mograbi, Israel, 2008) se centra en el testimonio de un joven soldado israelí que relata su participación en un operativo organizado por el ejército de su país contra un puesto policial palestino. El operativo culminó con el asesinato de varios policías palestinos. El golpe comando se hizo en represalia por el previo asesinato de unos militares israelíes por parte de combatientes palestinos, aplicando el principio del “ojo por ojo, diente por diente”. Pero los palestinos masacrados no tenían nada que ver con el asesinato previo de los militares israelíes. Según el sistema jurídico vigente en Israel, estos hechos configuran un acto criminal, pero paradójicamente la acción es organizada y ejecutada por fuerzas del estado.

El núcleo de la película reside en un acto de confesión: el propio soldado le cuenta a su novia su actuación en el golpe comando, y lo cuenta en la intimidad en la que la pareja se filma a sí misma (son los personajes reales los que aparecen; Mograbi les dejóo una cámara para que se filmen a sí mismos). Paralelamente, el propio director se pregunta sobre su posición ética y política en su doble condición de cineasta y ciudadano frente a los hechos narrados y a su protagonista, un asesino confeso. En su propia intimidad, él debate estos dilemas con su esposa, que discrepa abiertamente con sus decisiones.


Los hechos narrados están a varios grados de separación de nosotros. El asesinato de los policías palestinos ocurrió un tiempo antes: el soldado lo cuenta para la cámara y ante su novia. Mograbi dialoga con el soldado y vacila, como responsable de la película, con su mujer. Y a la vez expone su conflicto para la cámara, es decir: para nosotros. Así, la película debe señalar la distancia que nos separa de estos hechos al mismo tiempo que el espacio continuo que nos une a ellos. Somos parte del mundo en el que estos hechos ocurren. Por eso, el corte ilusorio que separaría lo que se ve en la pantalla y lo que pasa de este lado queda abolido.


Z 32 no cede a la tentación de fomentar la cómoda indignación del espectador ante el relato de un crimen de estado por parte de uno de sus ejecutores. En lugar de eso, pone en marcha un sutil dispositivo en el que cuatro distintas voces (la del soldado y la de su novia, la del cineasta y su esposa), se alternan y dialogan, se superponen y contradicen, se preguntan y vacilan sobre la el estado de conciencia en el que un individuo puede realizar un acto así y en el que una sociedad puede consentirlo. El resultado no apuesta a representar la condena del acto, condena inobjetable en el plano jurídico. El propósito de la película es abrir una instancia diferente de la jurídica (que va por sus propios carriles), instancia específicamente cinematográfica que no conduce ni a un juicio de culpabilidad (con sus agravantes y atenuantes) ni a la fácil indignación moral que deja al espectador cómodo, del lado del Bien. Acá el cine no "representa" para una mirada externa, sino que hace presente la responsabilidad política de quien mira. 

¿Qué puede hacer el cine ante estos hechos aberrantes? Algo, piensa Mograbi. ¿Qué le cabe al espectador cuando participa de una experiencia cinematográfica así? El documental contemporáneo -lo podemos reconocer en The Halfmoon Files (Philip Scheffner) o en El país del diablo (Andrés Di Tella)- replantea el problema del cine como praxis política, donde la narración de los hechos es solo uno de los niveles de una disputa que implica a varios actores, que incluye el acto de hacer la película y también el de verla.


En manos de un cineasta más rutinario o más inclinado a la sentencia moral, la historia referida podría dar lugar a un documental de valor testimonial, pero Mograbi la transforma en una experiencia incómoda y también una reflexión sobre el ser de la imagen cinematográfica. En primera persona, se pregunta -y nos pregunta- por su propia posición ante el personaje que retrata y lo hace cantando una sonata compuesta por su hijo. Canta:

Es una colaboración que tal vez esté un poco fuera de lugar
Mi esposa me pide que no lo filme aquí en esta sala
Ella dice:
«Esto no es material para una película,
no entiendo adónde conduce todo esto
¿por qué ayudar al soldado e encontrar su camino?
Es una fábula asquerosa
un musical que no vale un centavo:
El hace de pecador arrepentido,
tú el supuesto observador
que sacarás tajada de otra película profunda».

No se trata de una interrogación retórica: vemos que la mujer le pide que no traiga al soldado en la casa que ellos comparten; seguidamente vemos al soldado testimoniando ante la cámara. El propio film cuestiona el límite de lo público y lo privado: Mograbi presta su casa -su película- para que el soldado rompa el silencio, no con el fin de que se redima, sino para hacernos participar de una conciencia más profunda, que contenga la voz de ese Otro (el terrorista de estado) que el punto de vista jurídico se limita a reducir a objeto judiciable. No se trata de indignarse ante el ejecutor del terrorismo estatal (posición que parece asumir la mujer de Mograbi). No se trata de juzgar, ni de condenar ni de absolver, sino de algo más difícil: comprender. Pero comprender no debe confundirse con ninguna especie de exoneración: el culpable no dejará de serlo al confesar(nos) su crimen. Comprender es responsabilizarnos como destinatarios de este relato. ¿Qué puede hacer un espectador? Algo.


[SPOILER] Hay un obstáculo difícil para concretar la película: el soldado no puede aparecer a cara descubierta contando la acción criminal en la que participó, porque eso lo expondría no sólo ante los familiares de los palestinos asesinados - y por ende a un posible acto de venganza-, sino también ante el ejército israelí que resulta cuestionado por su testimonio. El protagonista se auto-incrimina por partida doble, quedando en una posición intolerable para el resto del mundo. Al comienzo, Mograbi aparece frente a cámara probándose una media que oculta sus rasgos, pero llega a la conclusión de que así no se puede hablar ni respirar bien, no es un buen recurso para filmar el testimonio. De ahí en adelante la película ensaya diversos modos de ocultar la cara del testigo: con un efecto blur, con un fuera de foco, mediante encuadres elusivos, con máscaras digitales cada vez más eficaces. En determinado momento parece que el ocultamiento cesa y que al fin vemos al soldado con su propia cara descubierta. Vemos a un muchacho de rasgos amables, que se expresa con espontaneidad y con un tono amable. Pero de pronto se produce una especie de lapsus visual: el muchacho gesticula y al mover las manos atraviesa eso que creíamos que era su cara y advertimos que se trata de una capa incrustada entre el verdadero rostro y la superficie de la pantalla, que esa cara que se nos había hecho familiar es un fantasma digital. Lo amigable entonces se vuelve siniestro y Z32 deja de ser sólo un testimonial para transformarse en una película de horror. Y no se trata de un horror ajeno al sentido político del film, sino del que se siente cuando detrás de un rostro conocido aparece súbitamente Otro. [FIN DEL SPOLIER]


Z 32 es así un documental sobre el terrorismo de estado y una película de terror. Y a pesar de esto, la película tiene una tonalidad amigable y luminosa, por momentos un ligero tono de comedia y hasta algunos episodios musicales. ¿Cómo pueden conjugarse todos estos elementos y hacer con ellos una película política y autorreflexiva? Poque Z 32 es varias cosas a la vez: una película sobre cómo la sociedad civilizada (Israel es un punto de condensación del horror contemporáneo) convive con el propio terror; una película donde la intimidad de dos parejas (la del soldado y su novia y la del cineasta y su esposa) ven afectadas sus relaciones por el contexto político; y una película que se pregunta qué puede hacer el cine con todo eso. 

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