miércoles, 1 de junio de 2016

Impudicidios



por Fabiana Rousseaux

Cuando González Fraga intentó aclarar lo que estaba diciendo, en torno a que el kirchnerismo “había hecho creer a un empleado medio que su sueldo servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior”, apeló a un “no digo que si era bueno o malo. Por supuesto que era bueno, pero no era normal”.

No es normal que quien trabaja y tiene un sueldo, tenga con ese sueldo-medio acceso a los bienestares que históricamente le pertenecieron a otra clase social (mientras los demás los veían atrás del vidrio). Eso fue siempre lo “normal” dice G.F. Y apela a este calificativo de lo normal/anormal en materia de movilidad social -como muchos analistas remarcaron en estos días desde que azorados escuchamos estas declaraciones-, pero yo diría que el concepto de movilidad social ya le queda un poco grande a ese enunciado. Lo que se está diciendo allí es que la movilidad social no es normal. Es decir, estamos en un estadío anterior a ese debate, estamos en la lógica de las “castas”; y recuerdo cuando recién asumida esta lamentable gestión, caracterizada por la impudicia del lenguaje, circulaba por allí, en boca de Gabriela Michetti, que el “presidente” de los argentinos, soñaba con un modelo como el de India, un país de servicios y no de industrias. Y recuerdo también que no la tomamos en serio, porque no era lógico lo que estaba diciendo.

Ahora bien, desde que esta gestión a-gobernante asumió el poder económico, legitimada por un trasfondo político con elecciones y todo -porque entonces nosotros vamos a tener que empezar a llamar a las cosas por su nombre, si no seremos parte de este impudicidio colectivo- fueron muchos los desnudos públicos que se realizaron en materia discursiva. Y creo que, como bien advertimos muy tempranamente en el intervalo que fue desde las elecciones al ballotage, donde ya se vieron las primeras marcas que comenzaban a hacer serie con este discurso, la pregunta que no dejó de insistir no es tanto ¿qué están diciendo? sino ¿qué efectos comienzan a producir con sus enunciaciones? Recordemos que durante ese intervalo al que aludía recién, en Mendoza apareció una pintada (la primera) que decía, “son historia, chau”, sobre otra pintada abajo que decía “Bienvenida nieta 117”. No puedo olvidar el escozor que eso me produjo. Aún no se había ganado el ballotage y ya emergían estos discursos públicos que salían de sus escondites. Pocos días después, en la Casa de la memoria y de la vida de Morón, donde funcionó el Centro Clandestino de Detención conocido como Mansión Seré o Atila, donde funciona la Dirección de DDHH del Municipio, amanecíamos con otra frase “El 22 se termina el curro”. En ese breve intervalo que fue del discurso eleccionario reinante en el cuerpo social, hasta el desenlace final, ya hubo un alerta de los discursos emergentes que comenzaban a “habilitarse”.

Luego vino lo que ya todos sabemos, padecemos y analizamos. Un sinfín de atropellos que no sólo se explican por el problema del Dios Mercado, sino también por las caídas de todos los velos que necesariamente deben sostener los gobernantes para, incluso, hacer admisibles sus políticas de retroceso ante la mayoría popular. Pero es evidente que en este casol no va por ahí el cuidado, el cálculo, el juego político que los históricos políticos tienen en sus tensiones a la hora de gobernar. Y leyendo el domingo a Verbitsky en su nota de Página 12 es evidente también que no es sólo un fenómeno vernáculo, sino que también se da por ejemplo en Guatemala. O veamos lo que pasa en Brasil (es de Temer) y en otros países de la región.

Estamos frente al culto a la sinceridad (que nada tiene que ver con la Verdad, más bien todo lo contrario, eso ya lo entendimos, “la única sinceridad es que les vamos a mentir y para mentir vamos a dejar caer todos los velos, así nos creen”); la dictadura de la felicidad (que como toda dictadura toma formas tortuosas); el retorno a “lo natural”; el vaciamiento de sentido (donde ya no importa si digo una cosa y hago otras, pero sigo diciendo la cosa igual, inconmovible); el estrangulamiento de lo político (encarnado en presidentes como el de Guatemala por nombrar uno, que sin problema puede provenir del vodevil -en el sentido de comedia ligera, frívola y picante… y ofensiva, como cuando dice que puede ofrecer mano de obra barata a Trump para su sueño de construir una muralla-); la culpa vuelta contra quienes sufren y padecen o están sometidos a las arbitrariedades de los poderosos; etc, etc.

Efectivamente podemos pensar este proceso político-lingüístico como producto del Mercado, pero en el sentido que apunta Jorge Alemán cuando dice que el carácter ilimitado del neoliberalismo produce subjetividades. En una nota publicada hace unos días atrás en Cuarto Poder, “Capitalismo y subjetividad” remarca:

“Ahora el Neoliberalismo se propone fabricar un “hombre nuevo”, sin legados simbólicos, sin historias por descifrar, sin interrogantes por lo singular e incurable que habita en cada uno. Toda esta dimensión de la experiencia humana debe ser abolida al servicio de un rendimiento, que está por encima de las posibilidades simbólicas con las que los hombres y mujeres ingresan al lazo social. En este aspecto hay que recordar que la experiencia del amor, de lo político, de la invención poética y científica, exigen siempre de la referencia al Límite. Lo que hace pensar que el carácter ilimitado de la Voluntad del Capital por perpetuarse, expandirse y diseminarse por doquier, introduce una inevitable pobreza de la experiencia.”

Estas reflexiones y algunos debates con amigxs en estos días, me hicieron pensar algo que ya había notado hace unos meses, pero no entendía bien por dónde iba, y es una cuestión acerca del duelo. Cuando postié que estábamos de duelo porque estábamos despidiendo a un gobierno que había reinstalado sobre todo la dignidad social (tome la forma que esta tome para cada quien), no me di cuenta que –tal como insisten Lacan y luego Allouch- no se está de duelo por cualquier objeto, sino por aquel para quien nosotros éramos una parte esencial. Para simplificar mucho la cuestión, sólo diré que, desde Lacan, se está de duelo por aquel de quien puedo decir "yo era su falta". Mientras que Allouch apunta que se está de duelo por alguien que al morir se lleva con él un pequeño “trozo de sí”. Este hallazgo clínico y teórico confirma que ese “trozo de sí” tiene una pertenencia indeterminada, un estatuto transicional que pertenece a quien se va, pero también a quien se queda (trato de traducirlo ahora al acto político).

En definitiva, nuestros cuerpos impactados por la irrupción de este impudicidio deberán transitar las vías de salida de este duelo, para recobrar algo del sentido y no marearnos con el discurso sin velos.

1 comentario:

mirtha makianich dijo...


Muy bueno su artículo. Yo pregunto o consulto: si uno tiene que encontrar la vía de salida del duelo, sería una estrategia vàlida hacer notar (pienso en la cita de Alemán)que ese supuesto hombre nuevo, sin historia, etc., recurre sin embargo permanentemente a la "herencia". Y en el que caso de una respuesta afirmativa, me pregunto si al hacerlo no se entrarìa al juego lingüístico que se plantea. Quizás encontrar la forma político-ling. que habilite nuevas experiencias a transitar. (no sè si pueden entenderme...Yo llego hasta aquì)Saludos y gracias. Mirtha Lucìa