miércoles, 5 de septiembre de 2012

El mejor Charles en años


por Oscar Cuervo

Treinta y tres canciones (el mejor repertorio del que podría jactarse un músico del cono sur; solo gente como Dylan o Mc Cartney pueden exhibir hoy semejante cantidad de gemas propias en un show), una banda de aliados batalladores que tocan estas canciones hace décadas, un ámbito en el que el músico juega de local desde hace mucho tiempo: Charly en el Luna. Dos horas cuarenta minutos de actuación (con un intervalo de tres minutos para ver fragmentos de El perro andaluz, de Buñuel y Dalí), un tema detrás del otro, sin dilaciones. Obvio: esta fórmula puede fallar. Falló el miércoles pasado, en la primera noche de este ciclo, por motivos imponderables: ya sea porque el Luna es un potro arisco que habitualmente no se deja domar por los sonidistas y el miércoles 29 no fue la excepción, o bien porque Charly arrancó algo desorientado respecto de la letra y el orden de los temas y los invitados, sea porque el despiste de Charly desorganizó el funcionamiento de la banda o porque el público no tenía la suficiente energía para soplar las velas de la nave. Por lo que fuera, el show de la semana pasada nos dejó una sensación rara: yo vi a Charly más suelto y relajado, más parecido al de antes del empastillamiento, pero sin la energía demente de la época Say No More. Así que quedamos a la espera del segundo show, para despejar dudas: hemos visto por años a Charlys de todas las formas y con todos los colores que se puedan imaginar.

Pero así como la fórmula a veces falla, en otras ocasiones el motor de la nave engrana y nos lleva a salir de la atmósfera y remontar la estratósfera y desde ahí elegir el lugar donde quieras ir, de tal forma que en una hora y media podemos estar en Japón y en dos horas y media en Plutón. Eso pasó anoche: lo del miércoles quedó en la memoria como un esbozo borroneado y ayer apareció un Charles, el mejor en años: inspirado, potente, en conexión con el alma de esas canciones geniales, diciendo unas palabras que caen tan justas que creeríamos un prodigio de la naturaleza si no fuera que sabemos perfectamente que él mismo las ensambló y las montó sobre esas melodías indelebles que el viento del espíritu necesitó miles de millones de años hasta hacer sonar en el oído de un simple mortal para que perduraran de ahí en más para siempre, cuando ya no quedare nadie en este puta lechosa galaxia.

El mejor Charly en años. El que pasó por la desintegración sobre los escenarios ante los ojos de todos, el que volvió sobreviviente y rígido para despertar comentarios maliciosos, atenido a una estructura de la que no pudiera caerse, el que se fue soltando de a poco y a veces no se desplomó por estar sostenido desde atrás por un par de asistentes.

Al llegar nomás al Luna podía percibirse otra energía en el público, muy a favor, una intensidad que se empezó a canalizar a través de la música, con un comienzo fuerte y a la vez claro en Rock and Roll Yo y El amor espera, y se fue modulando en momentos más frágiles en la preciosa Plateado sobre plateado y en las sutiles y líricas Canción de 2 x 3, Anhedonia o Asesíname. Charly canta hoy afinado y enérgico, encontró un rango en el que su voz puede moverse con seguridad y con matices expresivos recobrados, mientras la banda se aplica en subir y bajar cada vez que las canciones lo requieran. Sus canciones -no voy a descubrir nada- son piezas de una alta orfebrería, de estructura suntuosa y destellos que nunca cesan de deslumbrar: haberlas compuesto es un milagro, tenerlas en el inventario una ventaja indescontable, pero respetarlas en todas sus partes es una proeza de la disciplina. Necesito destacar la monolítica pared que va construyendo el Zorrito, el golpe preciso y demoledor del batero chileno, la gracia atorranta de la guitarra del negro García López y la delicadeza de la sección de cuerdas. Esta banda es una muy noble plataforma para Charly y si él está bien el resultado no puede ser sino inolvidable. Yo Carlos Sacaan lo garantizo: he visto a García un número de veces que se cuenta en centenares y la de anoche puede estar entre sus, digamos, 15 o 20 mejores y, por ende, entre las mejores que se hayan podido ver en el Buenos Aires por todo concepto. El instante en que terminé de convencerme de que se trataba de una noche inolvidable fue cuando levantaron vuelo con una poderosísima y épica Eiti-Leda.

A esta excelencia contribuyó el brillo de los invitados, encantados de aportar su propio sonido a la gran sinfonía popular: Fito, ferviente discípulo, feliz de tocar con el maestro la que quizá sea una de sus cumbres: Desarma y sangra, para la que el rosarino parece haber sido especialmente dotado: cuatro minutos sublimes; Lebón merece un párrafo aparte.

La dupla García-Lebón es quizá la más feliz de todas cuantas hayan existido en el rock argentino, porque sus talentos complementarios se potencian juntos, Lebón aporta una mezcla de fuerza, sensibilidad y perfección técnica que es difícil de encontrar. Charly hace muchos años (desde 1977, más precisamente) lo ha elegido como su par y ayer se los veía tan conmovidos el uno con el otro que daban ganas de llorar de alegría. "Te quiero agradecer a vos tantas cosas" dijo Lebón, "gracias al destino que nos juntó" replicó Charly y no se podía sino estar de acuerdo. Sueltaté Rock and Roll y Seminare tuvieron ayer versiones históricas.

¿Habia algo mejor que hacer anoche en el planeta Tierra?

No.

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