jueves, 27 de septiembre de 2012

El cielo elegido



Una conversación entre críticos especializados, a la salida de una privada de El cielo elegido, la película de Víctor González recientemente estrenada:

Guillermo: Me pregunto qué hace un actor cuando se da cuenta de que la película en la que está trabajando es una garompa importante....
Leonardo: Aparte, en general no se dan cuenta de nada.
Guillermo: Tal cual, mi impresión es que la mayoría no se da cuenta....
Esteban: En realidad es muy difícil darse cuenta, salvo en casos extremos, que sea muy buena o muy mala; el resto, no sabés.
Leonardo: Eso es verdad. De lo que se pueden avivar es que los diálogos del guión son malos.
Gustavo: ¿No te das cuenta solo con leer el guión? ¿Se puede hacer una buena peli con un mal guión?
Guillermo: No te das cuenta con un guión si la película va a quedar buena o no. Algún indicio, pero no demasiado...
Leonardo: Lo gracioso (o terrible) es que las películas obtienen financiación o no a partir del guión.

La pregunta de Guillermo viene a cuento porque el desempeño de Juan Minujín se mantiene digno, en medio de una película que se va cayendo a pedazos a medida que los minutos pasan. Minujín le pone garra, aunque a veces se vea obligado a cambiar de registro, para suavizar los ripios de un guión que se bandea entre la comedia teológica, el costumbrismo sentencioso y el melodrama solemne. Osvaldo Bonnet defiende sus parlamentos a puro carisma, mientras Osmar Nuñez hace lo que puede para defender a un personaje que luce la consistencia de un flan a medio cocer. ¿Se podrían haber dado cuenta estos tres dignos actores que ese guión era infumable? No soy actor y nunca tuve que tomar una decisión de ese tipo, por lo tanto no sé qué factores entran en juego cuando un actor acepta filmar una película. Pero el guión que se puede leer a través del resultado de la película de Víctor González es infumable. Una apuesta a la alegoría de trazo grueso para "representar" la lucha entre la Opresión y la Libertad (las mayúsculas son atribuibles a la pretensión del autor). 

El cielo elegido es una película de curas habladores: ellos explican sus conflictos existenciales, institucionales y teologales hasta tocar el límite del fárrago, como si no tuvieran vida fuera de esas conversaciones. Las ideas que exponen carecen de interés pero no de arrogancia: "supongamos que estas son coordenadas cartesianas -dice uno de los curas-, dos ejes: uno regido por la acción y el otro por la omisión..." No me pidan que cite de memoria porque no soy capaz, la apelación a las coordenadas cartesianas es sólo uno de los simbolismos a los que el guión apela, también hay puertas, perros, trencitos eléctricos que simbolizan los sentimientos, la libertad, la realidad, Dios y muchas otras sorpresas. 

Si pienso en el director, su caso es más tortuoso que el de los actores: porque un director debe darse cuenta de que un guión es infilmable. El trabajo de Víctor González es arduo: mantiene cierta elegancia visual (que habría que atribuirle en gran parte a la delicada iluminación de Rodrigo Pulpeiro, un loable esfuerzo al servicio de la nada); incluso hay elegancia en la tonalidad apagada de las actuaciones, salvo algún descarrilamiento en momentos de alta intensidad, en los que todo se va al carajo y no hay nadie, de absolutamente ningún rubro del crew, que pueda evitarlo.

Yo creo que Víctor González podría llegar a hacer buen cine: un par de momentos en los 123 minutos de El cielo elegido nos permiten vislumbrar lo que sería su cámara si no estuviera sofocada por un guión tan... cómo decirlo: imperioso. Ahí están el plano final de las huellas de los pies en el piso mojado o aquel otro en el que el paisaje se oscurece súbitamente: son como pequeños respiros de un cineasta que parecería haber sido tomado de rehén y nos envía una prueba de vida.

2 comentarios:

caro dijo...

JAJJAJAJA.. JAJAJJAJA

caro dijo...

QUE MAMARRACHO! JAJAJAA