sábado, 21 de julio de 2012

No matar la palabra, no dejarse matar por ella

En qué andaban, allá por los años 72/73, Beatriz Sarlo, Ernesto Laclau, Ricardo Piglia, Carlos Altamirano, Osvaldo Lamborghini, Germán García, Luis Guzmán, Josefina Ludmer, Oscar del Barco, Jorge Rivera, Aníbal Ford, Eliseo Verón, Oscar Masotta, Héctor Schmucler... (La respuesta este domingo a la medianoche en La otra.-radio, FM La Tribu, 88.7, online)



A los lectores también les pasan ciertas cosas. Un hermanito llega en el momento culminante de la novela (nos dice Gombrowicz), una mosca zumba justo cuando el lector llegaba al nudo del texto: el efecto se ha perdido. La operación de leer vuelve a empezar en otro, mientras algún otro intenta la aventura de un texto resistente a moscas y hermanitos. Inútil. La literatura inscripta no puede imponer su lectura. Además las palabras siempre tienen más de un sentido… y el contexto influye… el tiempo pasa. El inscriptor atiende el sentido que flota –como la mosca- sabiendo que no podrá cazarlo en el aire, como podrá hacer con la mosca si se ejercitase un poco. Incluso, suponiendo que las palabras fuesen moscas, sería muy difícil amaestrarlas de manera que siempre volasen en un sentido prefijado. Y aun suponiendo que esto fuese posible puede ocurrir que el lector interprete mal el vuelo de nuestras moscas, que tenga cierto miedo al contagio y escape de ellas, que las moscas le recuerden alguna tía siempre rodeada de moscas.

Una cierta distancia de la letra siempre será recomendable. Una distancia que permita desplegar los juegos de la palabra y haga comprender que la ironía sólo puede ser confundida con el cinismo por quienes son llevados por la fuerza (de la culpa) a sostener sus conce(p)ciones. La ironía destruye el sentido unívoco de la palabra, destruye el sentido común que asigna identidades fijas y bien delimitadas a todas las multiplicidades que reprime. La partitura del signo no puede reducirse al dos por cuatro del lenguaje común, aunque más no sea porque ya todo el mundo sabe divertirse con un juego de palabras. En las palabras aparece el empuje de una necesidad y/o deseo: se puede pedir una pizza o una prueba de amor.

Se escribe para que las palabras no sean llevadas por el viento. Biografías, cartas, comentarios de escritores en todos los tiempos, muestran un deseo de reconocimiento, una llamada dirigida a un objeto que se dibuja en un imposible que está más allá de lo real. El que escribe supone digno de memoria su mensaje, el que habla cuenta con el hecho innegable de que las palabras se las lleva el viento. La paradoja de los escritores más subversivos -piense en Sade- es que la subversión escrita se inscribe en un sistema que se repetirá.
Lenguaje que se asfixia en redundancia, redundancia que se destruye: la encrucijada de la estilística muestra que esa sorpresa que define al estilo, no dice quien resulta sorprendido. El escritor está sorprendido -sujetado- por la pasión del lenguaje aunque su escritura no llegue nunca a sorprender a nadie. 

El lenguaje hace presente lo ausente, todo valor implica una ausencia. Un pedazo de plástico transformado en la Virgen de Luján soporta toda la concepción cristiana del mundo. Si los presidentes usasen los bastones de mando para rascarse la oreja se podría hacer toda una campaña sobre la injusticia que significa que un objeto de tal valor sea usado para una función tan irrisoria. Pero no lo usan para nada, de ahí el valor indiscutible. La funcionalidad del lenguaje está en lo opuesto de su valor y la literatura quiere explicitar ese valor, no reiterar al vacío esa funcionalidad. Cuando la palabra se niega a la función instrumental es porque se ha caído de la cadena de montaje de las ideologías reinantes, proponíéndose en ese lugar donde la sociedad no tiene nada que decir.
La literatura (en todas sus manifestaciones) es una variante infinita de esa ironía que explica de qué maneera detrás de la postura de amos del lenguaje, aparece la sumisión a una palabra que siempre se anticipa.
El poder hace uso de la palabra con el fin de someter la supuesta libertad del otro: la literatura es una palabra para nada, en la que cualquiera puede reconocerse. El escritor puede adjudicarse cualquier misión, el lector lee lo que puede creyendo leer lo que quiere. No se trata del arte por el arte, sino del arte porque sí, como una afirmación que insiste en nuestra cultura, mediante la energía y el tiempo de algunos sujetos que no desean matar la palabra ni dejarse matar por ella.

LITERAL, noviembre de 1973

"La zona del Di Tella, la facultad, Viamonte, se había llenado de galerías de arte: era una zona por la que andaban los pintores y yo me había hecho la siguiente tesis: los pintores no tienen superyó, porque como pintan y eso se desliza, no tienen órdenes estrictas de hacer algo. Y yo veía la calle Corrientes como una calle en la que había que definirse. Y a mí me parecía que había que confundirse, no definirse. Me interesaba la ambigüedad, tenía otro tipo de sensibilidad. Yo tengo problemas para los colectivos. Cuando varios opinan lo mismo yo pienso que eso no quiere decir nada. No creo en enunciaciones colectivas, los enunciados colectivos nunca sé a qué enunciación responden exactamente".
GERMÁN GARCIA, 2008

1 comentario:

Liliana dijo...

"Yo tengo problemas para los colectivos. Cuando varios opinan lo mismo yo pienso que eso no quiere decir nada. No creo en enunciaciones colectivas, los enunciados colectivos nunca sé a qué enunciación responden exactamente".

Mmm...individualismo a ultranza?