viernes, 23 de octubre de 2009

My Winnipeg


por Juan Aguzzi

En realidad, My Winnipeg (2008) trabaja varios de los tópicos de los que se vale Guy Maddin para dar a sus películas ese tono de melodrama alucinado –melodrama en el sentido de que es en el espacio de esas situaciones donde aquello que se contiene en la orilla de la vida, simplemente ocurre: los héroes dicen a los gritos lo que piensan del mundo, las heroínas sufren por lo que aman y no consiguen, los padres traicionan a sus hijos–, esa carga onírica que suele ir desprendiendo las capas de lo posible para descubrir el tiempo animal de las emociones donde todo se vuelve real. Pero además de esos componentes, My Winnipeg, que es el último film estrenado de Maddin luego de, por citar un par de los últimos, La música más triste del mundo (2003); Drácula: Páginas del diario de una virgen (2002); es un relato sobre la memoria de infancia y juventud, de la infancia y la juventud en una ciudad –Winnipeg, una ciudad ferroviaria y con poco humor, donde Maddin nació y donde pasa buena parte del año, la ciudad más fría del mundo, con 20º bajo cero en invierno, como le gusta señalar al autor–, una suerte de exploración emotiva, un relevamiento de las cicatrices que esas épocas fueron dejando en el cuerpo y en la mente. Algunas esencialmente formadoras de un carácter –el del narrador que las repasa, el propio Maddin– otras que van tornándose divergentes al cabo del tiempo y muestran su costado más desolador, más absurdo y salvaje, y que terminaron conformando ese imaginario entre perturbador y fantástico de sus relatos.

Y como si esto fuera poco, My Winnipeg está sustanciada con recursos de los que el cine de Maddin es deudor pero que aquí se ensamblan admirablemente para alcanzar otro estadio estético, tal como si cierta melancolía le requiriera trazos más afinados. Algo que puede verse en la estilizada lúdica de sombras y luces que remiten al universo expresionista alemán; en la combinación pura de elementos dramáticos o trágicos que alumbraron las imágenes del cine mudo; en un montaje que es a la vez reflexión y afirmación de (y sobre) las potencialidades que los rusos teorizaron un par de décadas después de la invención del cine; en las animaciones reguladas por los caprichos de la imaginación para dar cuenta de la leyenda, todo, claro, a través de una gestualidad moderna, arraigada en principios personales acerca del riesgo de narrar sin imposiciones y yendo lo más posible al fondo de la cuestión.



En ese sentido, My Winnipeg está planteada como un relato autobiográfico a través de un flujo de enunciados verbales y conexiones voluntarias de imágenes y frases. Allí, el inconsciente poético del autor hace circular –mediante una prosa poética– una serie de analogías incontrolables
que tienen su correlato en la exhuberancia de los espacios a partir de los cuales Maddin recuerda y asocia. Descubre esa ciudad paralela, oculta o superpuesta a la otra real, esas calles aledañas a las arterias por donde circula el tránsito ordinario, calles por donde se observa el fondo helado y triste de las casas; y muestra los irreversibles y ridículos planteos urbanizadores de una ciudad sitiada perennemente por la nieve, que no son más que vanas justificaciones por los que se destruyen antiguos edificios en aras de la insolente globalización; un gran basural vuelto una gran montaña helada por donde los niños esquían, el lago donde la manada de caballos se congeló al galope y sus cabezas asoman con un rictus desesperado en los ojos y en las bocas y donde los paseantes, en el marco de esa bizarra escenografía ecuestre, se detienen y se toman fotos; los jugadores veteranos de hockey sobre hielo como derivación de su visita a los estadios y a los vestuarios donde se jugaba ese deporte –al parecer su padre trabajaba allí–, pasajes en los que el autor arroja una mirada contemplativa sobre sus deseos homoeróticos en un tono absolutamente lírico. Aquí, en estos pasajes, Maddin hace jugar una conciencia autorreflexiva a partir de la figura dominante de su madre –rol para el que consiguió a Ann Savage, la femme fatale de una perla del cine negro norteamericano, Detour (1945), de Edgar G. Ulmer, en una suerte de libre traslación edípica– y de su relación con él y sus hermanos, una madre que, no duda en decirlo, “tuvo la fuerza de todos los trenes de Manitoba” en su actitud castradora. Las imágenes del pubis de “su madre” que se cuelan entre los pliegues del relato laten con su impudor a cuestas y grafican un “estado” de la relación.

Pero no sólo allí está lo oscuro –y al mismo tiempo lo que ilumina–, de My Winnipeg, sino también en la presencia de fantasmas que caminan la ciudad y en la melancolía siniestra –hay por momentos un dejo lyncheano en las ensoñaciones– con que Maddin traza paralelos entre las experiencias colectivas y las personales, a fin de cuentas todos componentes de una memoria atravesada por las ausencias del presente, a las que sólo esa memoria puede invocar y conjurar.

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