miércoles, 2 de septiembre de 2009

Símbolo de la democracia: Alfonsín no pudo o no quiso



por Pablo Llonto *

[1984] Los negocios paralelos aún eran pequeños y nadie se animaba a calificar al conglomerado de empresas vinculadas como el grupo Clarín. Además de Papel Prensa, la Viuda tenía participación accionaria en la agencia Diarios y Noticias (DyN), controlaba una mediana imprenta de revistas y libros a las que, con escasa originalidad, había bautizado como Artes Gráficas Rioplatenses S.A., tenía intereses comerciales en el banco Mariva y vinculaciones con Medicus, una explotación de medicina prepaga que se brindaba a todo el personal efectivo de la empresa. En el rubro inmobiliario y agropecuario ella y sus jerárquicos más cercanos creaban nichos especiales que no se relacionaban directamente con el diario pero que les servían para derivar ganancias personales y otras intervenciones que nacían de Clarín: Decio S.A., Agro Inmobiliaria Atlanthique S.A., Luaran S.A., Cinco Ambientes S.A. eran algunas de las financieras o pequeñas oficinas cáscara que servían de pantalla para la filtración de fondos que iban a parar vaya a saber a qué destinos.

[...] Con Clarín, ella [la Viuda] vivía intensamente el mundo de la comunicación. Pero notó que algo le faltaba y que le sobraba a algunos de sus colegas de las cámaras empresarias. Un puñado de dueños de diarios del interior habían conseguido, de anteriores gobiernos, la entrega de radios locales con lo cual, de hecho, se dejaba de lado el artículo 45 de la ley de radiodifusión de la dictadura que prohibía a los dueños de los medios escritos poseer una emisora o un canal de televisión. "No puede ser que la familia Massot ya esté manejando radios, diarios y canales y nosotros la miremos pasar. Quiero radio Mitre", le ordenó sin vueltas una tarde a Magnetto. Los Massot que había mencionado eran los dueños de la información en Bahía Blanca. Propietarios del diario La Nueva Provincia, quizá la verdadera nave insignia de la armada, ya contaban con las AM y FM de LU2, el canal 9 de aquella ciudad y se alistaban para el negocio del cable con "Cable Total".

En Buenos Aires, LR6 Radio Mitre era una de las marcas con mayor prestigio en la radiodifusión. La dictadura, en uno de sus últimos actos de caridad, se la había dado a la S.A. Radiocultura que formaban el productor de televisión y radio Julio Moyano, su colega Pablo Gowland, el empresario de publicidad y negocios vacunos Augusto D'Apice y algunos inversores menores como Alberto Cordero, Carlos Fioroni, Horacio de la Canal y Joaquín Oteiza. El plan Magnetto para capturar una radio consistía en una operación a dos puntas. Por un lado presionaría con toda fuerza a los radicales desde las páginas de Clarín y desde las cámaras emrpesariales, allí donde Clarín era el ancho de espadas, para que modificaran este artículo 45 que formalmente mantenía la prohibición de adquirir un medio electrónico y quedara así habilitado el juego en el campo de las radios y los canales de televisión. En forma paralela, con un maletín en la mano, mandaría a sus hombres de mayor confianza para que iniciaran conversaciones con el grupo de Julio Moyano a fin de convencerlos sobre las bondades de tener a Clarín como socio inversor y, por qué no, como comprador.

Eran los tiempos en que a los radicales los atemorizaban dos fantasmas: los golpes de estado que veían todas las semanas en todos los cuarteles y el derrumbe económico del país. Para nada estaba en los planes de Alfonsín ni la entrega de radios, ni la venta de canales. Se sabía que Clarín se consideraba "el candidato" para Canal 13, el canal preferido de la Viuda y el que sus operadores habían marcado como el más interesante por su tecnología y programación. A Alfonsín le importaba un bledo lo que dijera Clarín, lo que publicara en sus comunicados la Asociación de Editores de Diarios de Buenos Aires (ADEBA) o las presentaciones judiciales de la Viuda y Bartolomé Mitre de La Nación impugnando la apertura de concursos y licitaciones de radios que los militares habían realizado en su retirada y que ellos habían desaprovechado. Lo que el presidente de la obediencia debida y el punto final no quería era que los medios se abalanzaran contra su política económica a la que consideraba la única salida posible para los argentinos. Alfonsín había conversado con la Viuda un par de veces en reuniones de protocolo y le tenía cierto respeto, hasta que una mañana de febrero de 1987, bien temprano, leyó una pequeña noticia que daba cuenta de una Argentina con 12,5 por ciento de desocupación y estalló con toda la furia de gallego malherido: "Este diario es un enemigo acérrimo del gobierno y lo que ha publicado es una información falaz". La frase no se la dijo a los correligionarios que lo secundaban sino al país entero en un dicurso. Es más, invitó a la población a que leyera Clarín para comprobar la verdad de su opinión y remató cubriéndose de cualquier ataque que lo señalara como censor de opiniones: "Respeto al diario Clarín y Clarín respeta al presidente, sin duda; no he de pretender que calle su opinión".

A la Viuda le brotó la sangre valenciana que lleva en las venas y llamó a Magnetto para firmar la declaración de guerra definitiva. "Me lo hacen mierda", le ordenó. El gerente no buscó excusas para eludir la misión, aunque sabía que, como tantas veces, luego debería enviar emisarios para que invitaran al gobierno a fumar la pipa. La notó enceguecida contra Alfonsín y nada atinó a decirle cuando ella se sentó frente a la computadora para escribir la respuesta que saldría publicada al día siguiente: "Clarín no hace política de comité ni le preocupan los efímeros avatares de la política de partidos. Clarín hace, en la medida de sus posibilidades, una política nacional, al servicio del argentino de carne y hueso y no de las abstracciones de las ideologías".

Ajeno al peso que Clarín tenía en la política argentina y en el empresariado timorato que no se animaba a contradecir a la Viuda, Alfonsín se despabiló cuando vio que las muestras de solidaridad que recibía eran las de unos pocos diputados de la UCR mientras que a Clarín le llovían cartas de apoyo de gran parte de la prensa nacional, la del interior y hasta de ex aliados alfonsinistas como el fiscal Ricardo Molinas. José Ignacio López, un ex-periodista de Clarín de buenas relaciones con Magnetto y que militaba y trabajaba como vocero del presidente radical, improvisaba argumentos para que el gobierno sacara el pie del acelerador. Pero Alfonsín, cansado de tanta presión se prometió una venganza personal. Dejaría tranquilo a Clarín , pero lo haría sufrir hasta el final con el artículo 45. Sin descaro, le decía a sus colaboradores más fieles: "antes de modificar la ley para Clarín me parto un huevo en cuatro".

Experta en cuestiones que se resolvían en las alturas del poder, la Viuda aceleró el plan B y, en poco tiempo más, la sociedad que manejaba la onda de radio Mitre llegó a un acuerdo para permitir el desembarco de los muchachos de Clarín en el 790 del dial. Las operaciones financieras y de inteligencia que se montaban desde hacía un buen tiempo desde el tercer piso [en las oficinas dirigenciales del diario], incluían préstamos del banco Mariva a Radiocultura S.A., el traslado del periodista Abel Maloney de Clarín a radio Mitre para que cumpliera la sucia tarea de seleccionar qué trabajadores quedarían y quiénes se irían y la preparación de Jorge Santos como futuro gerente general.

Si existiera la responsabilidad de cumplir la palabra empeñada el huevo de Alfonsín debería estar hoy en exhibición. Mucho antes de su fuga de la Casa Rosada, Clarín se había burlado de su investidura, de su calentura y de su cabeza dura. De hecho, el artículo 45 fue ignorado y radio Mitre era la radio de la Viuda y de Magnetto para subir así el quinto peldaño en la extensa escalera de concentración de la información: diario, agencia, editora de revistas, papel para diarios y radio. La tele esperaba con impaciencia.

[...] Cuando el derrumbe [del gobierno de Alfonsín, a causa de la hiperinflación] era inevitable y aún sufrían las cargadas de la paliza que Menem les había dado en las elecciones del 13 de mayo de 1989, los principales dirigentes del radicalismo sintieron miedo de que la gente cumpliera con esa frase que identificaba el sentimiento de hartazgo con los gobernantes: "hay que colgarlos a todos de un poste en la plaza". La inflación mensual se escribía con cifras lunáticas y un estado de rebelión popular florecía en toda la Argentina. Alfonsín necesitaba que los grandes diarios, frente al seguro desfile de su cadáver, le tuvieran algo de clemencia y, al menos, no patearan el cajón. No aguantaba que en la debacle se lo pintara como lo que era, un presidente que terminaba su mandato sin cumplir ninguna de las grandes promesas que había realizado ante millones de argentinos en 1983. Con la celeridad que no tenía para asuntos mayores, dio instrucciones a sus diputados más leales como Jesús Rodríguez para que, en la primera sesión de la legislatura en la que reinara la tranquilidad, se tratara un proyecto que eliminara el artículo 45 y calmara a las fieras.

* Extraído del libro de Pablo Llonto La Noble Ernestina, Editora Punto de Encuentro, Buenos Aires, 2008.

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