miércoles, 23 de julio de 2008

Especies que desaparecen: Muerte en Venecia

El próximo lunes a las 18:00 en la Biblioteca Kierkegaard (Carlos Calvo 257) proyectaremos la obra maestra de Luchino Visconti, Muerte en Venecia. Coordina el debate: Oscar A. Cuervo. Entrada libre y gratuita.

Visconti tenía conciencia de ser parte de una especie que desaparece y eso se refleja en sus películas, al mismo tiempo que su comprensión por la inevitabilidad y hasta la justicia de esa pérdida.

El cine le debe demasiado al más auténtico aristócrata de su historia: ese proceso de extinción individual y de clase que sintió en carne propia lo empujó a rallentar el tempo cinematográfico, a desligarlo de los mandatos del entretenimiento. Nadie antes que él se animó a filmar la decadencia en tiempo real; y nadie después lo supo hacer mejor. El moroso recorrido de la cámara por los ambientes del hotel Lido y por las playas y callecitas de una Venecia en lenta descomposición, el atrozmente bello y fúnebre atardecer del final de Muerte en Venecia, ya había sido anticipado por la mórbida dejadez de la orgía de los SA en La caída de los dioses y fue potenciada después por una escena casi gemela en la nocturna y húmeda Ludwig, una de sus películas menos comprendidas y quizá su obra maestra. El tiempo de ese decaer tiene una soberanía que se impone sobre los dictados del relato: la experiencia de la demora como nadie antes se había atrevido a filmarla es su aporte crucial al realismo en el cine.



Pero si se quiere encontrar una clave permanente en la obra de este director que se movió entre los sencillos pescadores de La terra trema y la exangüe aristocracia de Ludwig, quizá haya que buscar por el lado de Eros. Lo que le confiere a su obra una tensión irresistible es el estar atravesada por esas miradas deseantes que desconocen las barreras sociales y los códigos culturales: desde el arrasador deseo de los adúlteros en Ossessione, hasta la atracción sin nombre del maduro von Aschenbach por el casi niño Tadzio, siempre es un cruce de miradas entre dos que no deberían mirarse.

11 comentarios:

Silvina dijo...

Me alegré de encontrar esta noticia!

El lunes pedí cambio de horario en el trabajo para ir.

El otro sábado rindo un final donde tengo que ver esta película, además, estoy leyendo la novela.

Me viene perfecto!
Gracias!!

Anónimo dijo...

Este film es un auténtico bodrio autocomplaciente de un director perdido en sus delirios de grandeza. A mí, desde luego, no llega a transmitirme ninguna belleza en sus imágenes, como pretende la película para esconder su enorme carencia de ritmo, emotividad, reflexión o siquiera algún tipo de contenido.

No transmite belleza porque sus imágenes no son bellas, son imágenes construídas bajo unas actuaciones mediocres, decorados sobrecargados, planos que se alargan innecesariamente... Especial mención merece Dirk Bogarde, una oda a los muñecos de cartón-piedra.

Las metáforas en las que intenta inmuscuirnos Visconti son inmensamente obvias, absurdas en muchos casos y del todo previsibles. La trama no tiene ni el más mínimo interés: ¿Qué historia nos está contando? ¿Es un film introspectivo? ¿Dónde está la introspección y la reflexión sobre la belleza? (Que es de lo que se supone que trata la película) ¿Está quizás en los largos, rancios, envejecidos y hasta antiestéticos zooms constantes que hay a lo largo del film (Perdí la cuenta de las veces que abusa Visconti de este recurso) ¿Está en los insulsos, superficiales y pedantes diálogos del protagonista con su "amigo"?

En definitiva, le doy un 1 a los ayudantes de decorado y medio punto al rubio amigo del protagonista, siempre discutiendo a voz en grito, realmente hace reír por no llorar.

Para olvidar.

Oscar Cuervo dijo...

Anónimo que sabe bastante:
Qué clara que la tenés, anónimo, le pusiste 1 a Visconti. ¿No serás Lafauci vos?
Te voy a pedir que de ahora en más califiques cada película, va a ser muy útil orientaros por tus criterios acerca de los diálogos insustanciales, los rancios zooms y las metáforas absurdas. Evidentemente sabés de esto.
Hagamos una cosa: olvidala vos a la película y seguí calificando los que proyectemos, que necesitamos sabios de tu calibre.

Anónimo dijo...

El "sabio" anónimo es olvidadizo...olvidó firmar.

Oscar Cuervo dijo...

No firmó, pero a este sabio me parece que lo conozco. Hay muy pocas personas en el país capaces de expresar esa sapiencia.

Anónimo dijo...

jajaja

Anónimo dijo...

Toda obra de arte cuenta con un receptor sensible e inteligente.
En su defecto nada puede ser posible, naturalmente.
martha

Oscar Cuervo dijo...

Y viste, Martha, en los blogs pasa eso, hay receptores sensibles e inteligentes, y también están los impotentes que ni siquiera ponen el nombre. Son las reglas de juego. Arrastran su impotencia como una cruz.

Anónimo dijo...

Ja! marthe

Pía dijo...

Gracias por subir esto, Oscar. El martes no creo que pueda ir, y la vi hace tantos años...Pequeños momentos de placer absoluto.Saludos
Pía

Oscar Cuervo dijo...

María Pía:
ojo que la película la pasamos el LUNES. Pero sí, a pesar del dictamen del sabihondo de acá arriba, Muerte es una joya del cine, aun con la actuación desbordante de patetismo de Bogarde. La atmósfera de esa Venecia decadente, esos paneos morosos por el ambiente del hotel, la playa casi vacía del fin del verano, la cadencia del Adagietto de Mahler definitivamente asociados a la Venecia viscontiana hacen a una de las cumbres del cine. La vamos a ver en pantalla grande, lo que en este caso hace una diferencia muy importante. En tv la película pierde su poderosa magnificencia.